lunes, 28 de diciembre de 2020

MORIR DE PIE


“En Parque Patricios, la Ciudad de Buenos Aires, existe un refugio para la gente que no tiene nadie (sic). En el refugio Monteagudo, te abrazan con el corazón (sic)” canta Fito Páez.

El Centro de Integración Monteagudo pertenece a la Asociación Civil Proyecto 7 y desde el 2001 alberga a 100 hombres que se encuentran en situación de calle. Fito Páez, ama tanto al Centro que en el 2017 le dedicó “Ciudad Liberada”.

Comienza la asamblea semanal. Se levanta un hombre 60 años, gigante, con nieve abundante en la cabeza. Cejas negras, mirada apoteótica, sonrisa tímida. Se mueve como un caracol apoyándose en un trípode. Vestido con una remera roja de su gran pasión futbolística, un pantaloncito desgastado y en sandalias.

José podría ser una de  las 7.200 personas que podría estar en la calle según el segundo censo popular realizado en el año 2019 por organizaciones sociales incluido Proyecto 7. O una de las 2.000 que la Defensoría del Pueblo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires oficializa el mismo año.

Colombiano por nacimiento, ecuatoriano por nacionalización, argentino por asilo político. Se encuentra en aislamiento preventivo y obligatorio en ese enorme galpón del centro, durmiendo en un cuarto especial por su cáncer de cólon, diabetes, epoc y problemas coronarios. En fin, un papiro de problemas de salud.

La música rebota por las fracturas de las paredes pero llena de energía a ese hogar que contiene talentos y esperanzas, historias de arrepentimientos y de abandonos.  Ahí no son planeros, vagos, sucios o inútiles, son personas.

José vive allí por elección desde hace 10 años. Es un buen marxista desde su infancia porque fue formado por Volney Largo, fundador del partido comunista del departamento del Quindío en Colombia y asesinado en 1991 por sicarios.

Sus ojos garúan cuando recuerda su primer acto ideológico: confrontarse a su padre a los ocho años por haber sido golpeador y hacer un paro junto con los empleados que duró una semana. Se nutre de los discursos de su tío Aduán, también perteneciente al partido comunista y añora sus visitas semanalmente cuya finalidad era ayudar económicamente a su mamá. Su casa colombiana de adobe es una escena digna de un documental sobre Biafra. Ese mismo año recibe el único y mejor regalo de navidad de su tío querido. Él espera un autito, su tío le regala el Manifiesto comunista de Karl Marx.

 “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”, expresa Marx.

 

***

 

Tolima, Colombia. 13 de febrero de 1996.

José colabora asiduamente en tomas de tierras para campesinos que subsistían comiendo arepas. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en Colombia el índice de pobreza a nivel nacional es del 57,5%.

En ese fatídico día sale junto con 7 compañeros volando en el jeep para asistir a gente que le estaban prendiendo fuego sus precarias chozas. A la hora de andar en el medio de los montes, se sorprenden ante unos arbustos cruzados.

—“Nos cagaron, nos emboscaron”

El ruido es estrepitoso. José recibe un impacto desde 15 metros directo al pecho. Y cómo si estuviera ocurriendo en una película de Quentin Tarantino, recibe al menos once disparos más en todo el cuerpo.

Su relato se detiene en el Monteagudo y sin estupor, se desabrocha el cinturón, se baja los calzones y comienza a mostrarme las heridas. Era Adán. Suena “Laura se te ve la tanga” de fondo entre las camas desordenadas de los pibes. No miré sus partes pudientes.

Le suplico que se levante los calzones. En mi mente hay tiros y pelos. Intenta vuelve a la compostura y toma solemnidad.

—“Vi toda la sangre de mi compañero y la cabeza de costado. Quince personas alrededor que no paraban de dispararnos. Tomé el volante y nos tiré a un barranco, pensé que quizás así me salvaría”.

Es una noche azul de frío y blanca del reflejo intenso de la luna.

Para Colombia, hasta hoy José está enterrado en el Jardín de Paz de Medellín.

 

“Es fácil ser heroico y generoso en un momento determinado, lo que cuesta es ser fiel y constante”, refiere Karl Marx.

 

***

 

Parque Patricios. 16 Junio 2016.

Horacio Ávila, referente de Proyecto 7 describe a José como si fuera un símil Che Guevara. Él mismo ha visto su documento con su nombre original, porque cuando llegó a Ecuador, por protección, se lo cambian.

Según consta en su pasaporte deambula como un náufrago sin brújula hasta que arriba a Buenos Aires y el Parque Lezama le da una ingrata bienvenida.

“Debía dormir en una carpa, cagar en un balde, estar mal oliente, revolver la basura, cagarme a piñas por un lugar de la calle para dormir, hasta que un día… un día…”, recuerda…

Un día, coincidentemente se sienta en un banco un hombre sencillo, la frente es un mapa de arrugas, anteojos, barba en candado, ropa humilde. Comparte un cigarrillo. Comparten dolores. Comparten sencilleces. Horacio Ávila. Gracias a él ingresa dónde reside.

En mayo, José decide finalizar su clandestinidad: se abre una cuenta de Facebook con su nombre original. “Recibí muchísimas solicitudes de amistades pero me llamó la atención en particular el de una mujer que se llamaba Melba…”

Melba es su nueva adicción.

Para ese entonces, confiesa en la oficina del Monteagudo, que además de estar casado, tenía dos compañeras más. Vuelve a su historia.

Curiosamente, Melba, le describe a sus propios hijos, sus oficios, su ubicación. José queda petrificado. Comprende que esos hijos, también eran los suyos. Melba en realidad era Nelly, una de sus compañeras, que usaba un pseudónimo.

Es una mujer de 50 años, con típicos rasgos caribeños, no tiene ni una sola arruga y su pelo es digno de ser comprado por Susana Giménez. José le insiste con que confiese su verdadero nombre. Insiste. Hasta que cede y realizan una videollamada.

Se ríe como un bebé desdentando. Quiere seguir contándome.

Cuando la ve por primera vez llora. Nelly lo insulta “gran hijo de puta”, no podía creer que   no era un cadáver pudriéndose.

Un mes más tarde recibe insistentes mensajes de su hijo preguntándole dónde vivía, pero José está de pésimo humor, había perdido su honor en un juego del truco y se deslinda de su hijo diciéndole que lo mire en su Facebook.

—“Papi, en frente de Parque Patricios, hay un restaurante que se llama “La Quintana”? imita una voz José.

Todas las piezas del rompecabezas se unen.

Decide tomarse un taxi y como si fuera el coyote que escapa, realiza esas cuadras que separan al Centro del bar “La Quintana”.

José deja de ser un N.N. Ya no es ese agonizando en Ecuador, ni el que viaja por medio mundo o el villero. Su hija e hijo estaban ahí. José vuelve a ser José en una esquina de Parque Patricios. Se enmarañan en un abrazo infinito digno de ser la letra de un tango de Di Sarli.

Hoy, vive con miedo al covid y con sus dos pares de jeans, tres remeras, toneladas de libros y un reloj Casio, que confiesa que es un regalo de su hijo y que por eso no lo vende.

Ariel, el coordinador del Centro lo abraza. El afecto que se siente en el aire eriza la piel.  “No sé que voy a hacer cuándo ya no esté más” afirma enfáticamente Ariel.

Sueña con morirse disertando sobre el comunismo. Distendidamente se define como loco, grosero y atrevido. No tiene arrepentimientos. Vive cómo desea.

La tele hace eco. Una voz enuncia agitadamente que la pobreza ha golpeado al 40,9% de los argentinos en el primer semestre del año 2020, según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec. De fondo se ve la bandera roja “La calle no es un lugar para vivir”.

A unos metros del Monteagudo una piba descalza se acerca custodiada por una jauría pulguienta. Me pide una moneda con gestos agonizantes y una voz tenue. La calle tampoco es un lugar para morir, reflexiono.

“Es fácil ser heroico y generoso en un momento determinado, lo que cuesta es ser fiel y constante”, formula Karl Marx.

Paula Acunzo





lunes, 5 de octubre de 2020

Crónica callejera. UN PAULO, ENTRE MUCHOS PAULOS.


Buenos Aires. 30 de septiembre 2020. Camino a la parada del colectivo mientras se repiten ecos de la radio, de la tv., en la calle resuena "... El índice de pobreza tuvo un incremento de 5,5 puntos porcentual respecto de igual período de 2019. El índice de pobreza se ubicó en 40,9% al cierre del primer semestre..." 


Una actitud muy propia, mientras espero el bondi miro al cielo, mover las copas de los árboles, las nubes pasar, los techos de las casas o pisos de arriba y dejo mi imaginación volar. Creo que es para olvidarme por un instante que mido 1,65 y casi siempre camino rápido evitando tropezarme y quedar en ridículo. Mientras el sol me acaricia los cachetes blancos, resuenan cifras, que son personas, que posiblemente viven en la calle y hoy no tendrán para comer. Personas, niñes, que solo tomarán mate. Los árboles se balancean pacíficamente como una película de Tarkovski, muches dicen que sus films son lentos, pero yo lo admiro. El hambre, la indigencia, los rayos de sol, el bondi a 2 mts mío.

                                   ***


No hay nada para cenar. La verdad que llevo una semana del trabajo a la casa para cursar lo último de la licenciatura en periodismo. Por supuesto en ese trajín dejé en último lugar ir al cajero, aguantar la cola de muy mal humor, imaginarme todo el lugar lleno de coronavirus, sacar mis últimos peculios. Posteriormente bañarme en alcohol. El cajero no está cerca y mi irritación es enorme cuando debo esperar y esperar y esperar y escuchar a la gente anti cuarentena, anti barbijo, anti política, quejarse y quejarse. Cuando ingreso diviso a Paulo, un personaje mítico del barrio, que vive en situación de calle. Estaba en harapos, las patas aireándose, en una posición semi derrotista, con ojeras profundas, las barbas le tapaban media cara, parecía el hombre de la máscara de hierro recién salido de la Bastilla. Tenía barbijo. Las manos calmas agrietadas que apenas se sostenían, hacían un huequito y acompañada por una mirada apesadumbrada, intensa, asesina, suplicaba dinero. Me saluda apenas subiendo las comisuras para esbozar una sonrisa. Los pelos casi se juntan con las barbas todo un bodoque no estructurado.

Aparentemente una señora con tapado sintético y muchas aspiraciones se vio ofendida por la presencia de Paulo en el cajero y comienza a increparle e insultarle estableciendo que el no podía encontrarse allí porque podía tener coronavirus. 

La síntesis de la situación que continuó: yo, con mi personalidad que admito poco calma pero con un gran sentido de justicia social, le elevo el tono de voz expresándole a la doña que ella misma podía tener coronavirus, que se dejara de joder y que si tenía un inconveniente que se fuera a la mierda. Directo y cortito. Paulo permaneció en silencio absorto con los ojos desorbitados, la gente acusaba a la doña con gestos y ademanes, pero al final, nadie intervenía.  Invité a Paulo a comer. La doña y sus prejuicios, hubiera llamado a la policía. La bronca me duró todo el día. Qué le podía molestar a la mujer esa que un pobre tipo indefenso, abandonado y discriminando, descansara en un cajero. Al final del evento, no saqué el dinero, pagué con débito la comida.


                                  ***


4 de octubre. Pompeya. Paulo dormía abandonado en el pasto atrás de una estación de servicio a medio abandonar, se caían los pedazos y el viento me enmarañaba el pelo. Seguía descalzo e intenté acercarme a ofrecerle ayuda. Paulo estaba en otro mundo chamánico, tiritaba, no respondía, solo se tiró y permaneció de costado tratando de obtener calor poniéndose las manos entre las piernas. Llamé por asistencia, pero nadie acudió. Pude ver sus pertenencias en una fábrica muy cercana. Por alguna razón ya no estaba en el barrio. Lo más destacable era la pulcritud de sus pocos objetos, el orden, no había ni una miga que las palomas pudieran carroñar. Manzanas sostenidas en las rejas, que asumo sería la única comida segura que tendría. En el habitáculo dónde iría el matafuego y elementos de seguridad, una cajita de té vacía, un rejunte de vasitos dónde se encontraba una gillette vieja y una cucharita, las últimas gotas de un aceite, un paquete de toallitas. Evidentemente no se encontraba solo porque junto a la foto de un San Cayetano había ropa interior femenina. Quizás Paulo tenía una compañera. No lo sé. Me senté por unos instantes en el cordón de la vereda. Ese habitáculo que había sido violado, era un estante de aquella "casa" de Paulo y no se de quién más. Miré a las copas de los árboles. El viento las movía sin ton ni son, de manera poco armoniosas, inspiro y exhalo buscando algún rayo de sol. Paulo es un número más de lxs más de 7200 personas que se encuentran en situación de calle según el último censo realizado por la "Asociación Civil Proyecto 7 - Gente en situación de calle" junto con otras organizaciones sociales. El perro negro que siempre me acompaña cuando ando por la zona se acerca a pedirme cariño. Es un perro viejo y pulguiento. Apenas se le toca se les ven saltar una tras otra. Creo que está cuidando el espacio de Paulo. Suena el tren pasar y rompe mi cadena infinita de pensamientos. Cómo había llegado ese hombre descalzo desde Almagro? Recuerdo haberle regalado ropa, pero se la había dado a alguien que se encontraba en peores condiciones, según él. Hoy el 40% de la población Argentina es pobre. Vuelvo a reflexionar sobre el tema, si es que dejo de pensar alguna vez en eso. Paulo es alguien más, o quizás no. 

Tuve que partir. Dicen las malas lenguas que iba a llover. Paulo pasaría esa noche en la fábrica de Pompeya si lograba levantarse y caminar hasta el cadáver finito de ese colchón que había fotografiado. Y yo dormiría en mi casa con culpa, pensando cómo hacer la revolución y generar empatía para que la calle jamás sea considerada una opción. 

Los recuerdos de aquéllas rutas de Pompeya acobijan gran parte de mi vida, pasos  apresurados por el temor a la inseguridad, recuerdos que me atropellan por el cambio de situación y la nueva normalidad del covid. Me pongo los auriculares, en la radio suena Fito cantando “… no vine a divertir a tu familia, mientras el mundo se cae a pedazos…”  Observo para arriba una última vez, antes de volver a mi bucle cotidiano. Yacen los ladrillos a la vista de la gran pinturería "Alba" hace años allí abrazados a árboles,  algunos no se han anoticiado aún que es primavera y desnudos permanecen al lado de otros que se burlan por su follaje.  Los vidrios son una batalla campal, como si los dioses hubieran jugado al ta te ti o a la batalla naval. Un cielo blanco zona X diría Ansel Adams.

La calle no es un lugar para vivir, menos para morir.

                                  ***

Prontamente retornaré a mis memorias Africanas para narrarles las otras partes que comencé hace un tiempo ya, paciencia.